
Días y días sentado en un mismo lugar pensando quién sabe qué cosas. Sólo me levanto para comer, ir al “doble you si” y dormir. Pasó por ahí un señor, mi madre dice que es mi papá, pero he visto y oído tantas cosas, que ya no se ni que pensar. Al pasar escupió de su boca la frase “pareces zopilote”. Me mire los brazos y no eran normales, tenía plumas. Unas largas, otras cortas, pero todas eran negras. Sólo algunas al final les adornaban pequeñas manchas blancas. Cerré mis ojos y comencé a volar. Hasta en el mismo sueño me cansé, no hacía otra cosa más que planear. El viento me llevaba de un lugar a otro. Fue entonces cuando entendí lo que ese señor me dijo. Parecía “zopilote” porque planeaba y planeaba y nunca lograba aterrizar lo que pensaba. ¡Pero ahora sí, ahí les va!
Durante años, mi abuela nos contó el mismo cuento, un millón de veces, sin variaciones. Colima, la ciudad de no pasa nada o quién sabe qué pasa, porque nadie nunca sabe nada. Todo esto parece un cuento, pero pregúntale algo a alguien y seguro pronto se dará cuenta que lo que le digo no servirá de nada.
Camine no se cuantas calles, pero iba en busca de un edificio que dicen que ahí producen Cultura, que dizque ahí si te prestan equipo para grabar. Al entrar al edificio muchachas bonitas caminaban por ahí, otras cuantas se pintaban sus labios de un intenso color rojo. Amablemente una de ellas me miro y pregunto en qué me podía ayudar. Sonrojado, le pedí una cita con el Director de Cultura. Sacó una pluma e intentó escribir, pero la pluma no servía. Levantó la pluma y comenzó a sacudir su mano; la pluma aún así seguía sin funcionar. Y sin pena alguna la llevó a su boca y unos cuantos lengüetazos le soltó. No le quedó otra opción a la pobre pluma más que funcionar. Luego de haber presenciado tan bello espectáculo, me retiré.
Ese mismo día, pensé, voy en un camión y lo pienso y lo pienso, voy caminando y lo pienso y lo pienso, no se qué esté pasando, parece que lo que mi abuela siempre nos contó, hasta que se cayó y se mató, sí es cierto: en Colima, no pasa nada.
Por fin, el día de mi cita había llegado. Pediría las cámaras, ya quería tenerlas en mis manos, quería salir corriendo a locación y gritar ¡vamos a grabar, corre escena 1, toma 1.1, 3, 2, 1… ¡acción! Eso estaba lejos de suceder, ahora qué les diría a mis actores, que en Colima no pasa nada, bueno, a mi me contaron que en Colima si pasa, que por año son más de treinta documentales los que se producen, ¿pero en dónde están? En fin, tristemente debí retirarme, debía volver otro día para ver si las cámaras ya se habían desocupado, que porque andaban grabando las fiestas de la “Candelaria”, bonitas fiestas las que se arman en mi pueblo.

Sí fuéramos otros, estaríamos en la mira de consagrados directores de cine, reconocidos fotógrafos, personas en un lugar y otro grabando, tomando fotos, todos produciendo algo a alguien o para si mismos. Esos otros ya lo están, otros comienzan a serlo, pero a nosotros qué nos hace falta. Considero que si bien es compromiso de las instituciones apoyar a los artistas, finalmente no debemos de atribuirles todo a ellos, pero si debemos gestionar el equipo, aun cuando se encuentra en uso, ya que es la sociedad quien genera finalmente artistas y no las instituciones. Quién sabe qué o quién será, pero sigo pensando lo mismo, en Colima no pasa nada y nadie hace nunca nada.
¡Y ya me canse! Moriré como zopilote, subiré alto, todo lo que pueda, y de pronto, cerraré mis alas hasta caer y chocar con esa piedra que desde lo alto veo, pero antes ¡ahí les dejo esto! ¿Y nosotros qué?, parecemos vegetales.
Ahora si, en Colima si pasan cosas, difícilmente estas salen a la luz, muchos son opresores de sus ideas, les da miedo arriesgarse, les da miedo el qué dirán o quién dirá qué… Juan Silverio, un claro ejemplo del esfuerzo y apuesta de un grupo de jóvenes colimenses pensando en dejar de ser esos zopilotes, carroñeros y divagantes, por eso ahora les dejamos una breve biografía del personaje de Juan Silverio tras el pensamiento de un loco escritor ocupado en las primeras líneas de su guión.
Juan Silverio, nació un 28 de marzo de 1952 en el municipio de Coquimatlán, Colima, tras un parto natural, largo y doloroso. Juan debió haber nacido en una de las salas del Seguro Social. Hijo único de Juan Silverio Cabrera y María Guadalupe Tejeda.
Al cumplir Juan Silverio los 23 años, conoce en un pueblo cercano al municipio llamado “Los limones” a Josefina Ortiz Jiménez de 17 años, con quien se casa un año más tarde. Juan, Antonieta y Primitivo, hijos únicos, producto de la unión de Juan con Josefina.
Juan Silverio, un hombre dedicado a las labores del campo. Cada mañana luego de una taza de café y un pedazo de bolillo toma su machete y sale a cortar leña para cocinar. Uno de esos días Juan Silverio debió haber salido a cortar la leña, ya en lo alto del cerro “El zapote”, un fuerte dolor en su pecho lo obligo a parar, calló bajo la sombra de un arbusto. Juan murió a los 57 años.